No somos hermanos (Libro 3 Quinta parte)
Quinta parte
Nada es fácil
Johaniel tomaba
su café en silencio, mirando sin ver el paisaje que el ventanal le permitía
disfrutar. Tenía el vaso a su lado con la píldora que Zenien nunca se había
tomado, y su corazón latía con fuerza esperando la reacción de este a lo que
habían hecho durante toda la noche y gran parte de la mañana. Recordó,
apretando los dientes, las palabras murmuradas al despertar: Zenien lo había
llamado por su nombre. Eso confirmaba que recordaba cada detalle de la noche
que habían compartido.
El problema era
que el segundo seguía dormido. Las marcas en su cuerpo habían sido eliminadas y
todo rastro de sexo había desaparecido gracias a los dones que tenía al ser una
especie no humana. Johaniel había sonreído al borrar toda la evidencia, solo
para encontrarse con ese palmo de narices en la mesa y la mirada de Kristen
cargada de preocupación. Este lo miró como si el vaso fuera una bomba que los
haría explotar a todos en millones de pedazos. Y no se equivocaba, por el
estado emocional en el que Johaniel se encontraba en esos instantes. Pero no
tenía mucho que decir hasta que Zenien llegara a desayunar.
Por otra parte,
había escuchado el reporte de la agenda de Rita, igual que el del hacker que
monitoreaba el celular de la estúpida mujer. La información incluía los textos
a amigos y cómplices del crimen que planificaba. La idea lo hizo sonreír: solo
idiotas.
Al escuchar los
pasos arrastrados que salían de la habitación, enderezó la espalda. Nunca había
estado tan nervioso.
—Buenos días,
Johaniel —el rostro de Zenien decía que no recordaba nada de lo sucedido. El
mencionado se preguntó cuánta práctica tenía en hacerse el idiota. Tuvo que
mirarlo dos veces para comprender lo que pensaba. Lo vio sentarse, servirse y
comer como si nada le molestara.
En un instante,
ese acto lo llevó a aquella mañana en que se dio cuenta de que Zenien había
olvidado lo que había sucedido entre ambos poco más de diez años atrás. Apretó
los puños y sonrió; él también podía jugar ese juego. Kristen pensó que ese
juego era peligroso con los Sombras como testigos. Buscó la mirada del joven
amo para ver si les pedía salir. Sin embargo, el hombre se negaba a mirar a
otro lado que no fuera el foco de su atención.
—¿Algún efecto
secundario de la pastilla? —preguntó Johaniel, intentando ver hasta dónde
llegaba con ese cuento. Lo vio sonrojarse, pero nada más.
—Solo un poco de
dolor de cabeza. Me siento cansado, pero todo está… vacío, fue como si durmiera
sin soñar —Johaniel asintió. Zenien evitó mirarlo al rostro, así que no vio la
rabia que crecía en su mirada. Lo peor era la risa del demonio en su mente.
“Pequeño
delincuente” muró ese ser que parecía haber sabido desde el inicio lo que había
pasado, más no lo puso al tanto. Ese dragón en su interior estaba satisfecho,
ronroneando de placer. Zenien dio un salto y miró a su alrededor buscando la
procedencia de ese sonido.
—Es bueno
saberlo… hablaré con el equipo que trabajó con el afrodisíaco. Una vez al mes
se repetirá esta noche.
—¿Solo una vez al
mes? —Johaniel bajó la mirada, escondiendo la sonrisa que no pudo evitar. La
decepción en la voz de Zenien no dejaba duda de sus intenciones.
—Sí, solo una vez
al mes. No quiero que tu cuerpo se vea afectado por la píldora y por… bueno, ya
me entiendes. No podemos comprometer tu trabajo en la compañía ni tus estudios
—Johaniel tomó café, escondiendo el rostro tras la taza. Vio cómo Zenien desviaba
la mirada, decepcionado.
—Entiendo… pero…
bueno, si tú entiendes —Johaniel no entendió el murmullo inquieto de Zenien,
pero asintió igual.
—Por ahora
descansa. Debes tomar agua, es la única forma de eliminar los residuos. Solo te
sentirás un poco adormilado. Tu cuerpo fue tratado con cuidado, por eso no
encontrarás evidencia de los actos en los que participaste. No quedaron marcas
—Zenien miró inseguro y abrió su camisa, revisando su pecho en busca de la
mordida que Johaniel le había dejado hasta hacerle sangrar la noche anterior.
Sin darse cuenta murmuró una maldición al notar que la evidencia había
desaparecido.
—¿Qué diablos—?
murmuró Zenien con dudas sobre la noche. Johaniel dejo que su sonrisa
depredadora aflorara en sus labios, Kristen se estremeció y noto como algunos
miembros del equipo de seguridad daban un paso atrás.
—Yo estaré en la
oficina hasta la hora de la cena. Luego, después de cenar con Rita, tomaremos
ciertas decisiones según lo que suceda durante el día. Ahora debe de estar
saliendo para el ginecólogo, la cita tiene pautado laboratorios, sonograma y una
visita con la nutricionista. Podrás regresar a tu habitación si lo deseas. Yo
tengo trabajo en el club esta noche. Recuérdale que debe comenzar con las
vitaminas y la dieta adecuada para su estado. Quiero ese bebé monitoreado en
todo momento. No es tu responsabilidad, pero quiero que te quede claro que no
estarás a solas con ella en una habitación. ¿Queda claro—? Lo vio asentir con
la boca haciendo muecas, algo de lo mencionado no le había cuadrado. “Celos” la
voz interna lo hizo sonreír de una forma cínica. —Bueno… nos vemos a las cinco.
—Esta noche tú
estarás… ¿entiendes?
—Sí. Es parte de
mi trabajo estar en el club, visitar las habitaciones y compartir con los
clientes— una mentira gigantesca, ya que nunca había soportado que esas
personas lo tocaran. Ahora, la implicación de que repetiría la noche sin él
hizo que Zenien apretara los puños sin atreverse a detener a ese hombre que
desconocía la verdad. Johaniel, mientras, pensaba al verle la cara de
frustración que era bueno jugar a ser el dueño de la pasión en diferentes
camas. No estaba mal que tomara la medicina que él había tenido que tragar
mientras el otro entrenaba al otro lado del país.
—Nos vemos luego—.
El murmullo no pasó de un susurro, pero acompañado por su salida de la
habitación dio el tema por cerrado. Johaniel escuchó un discurso soez en la
habitación que había abandonado, lo que le provocó una risa perversa y
traviesa. Eso dejó dos cosas claras: primero, que la idea de Johaniel en camas
con otras personas lo enfureció; segundo, que las paredes de ese lugar no
aislaban el sonido correctamente. Ese lugar solo lo usaba de forma limitada
para trabajar. La otra parte en las negociaciones no hacía ruido, pues eran
discusiones en las que aceptaban el trato con el diablo o se atenían a las
consecuencias.
—Kristen,
planifica cuándo mejorar el aislamiento del sonido en el pent-house —lo vio
asentir sin mirarle a los ojos. Podía imaginar los rostros de los Sombras
durante las horas anteriores y cómo habían salido corriendo al reconocer que
las paredes no habían dado privacidad alguna. Lo miró con sospecha, viendo el
rostro que intentaba no mostrar sus pensamientos, aunque el sonrojo gritaba lo
incómodo que estaba. Johaniel se encogió de hombros; pensó que de peores cosas
los Sombras habían sido testigos. Por lo menos eso se recordó, mientras se
encontraba por primera vez desde hacía años… ¿con calor en el cuello y el
rostro?
—Tienes una
semana. Inicia con la habitación.
Kristen
desapareció en un segundo. No era mucho tiempo para hacer los arreglos, y
tenían que trabajar cuando el amo no estuviera en el lugar. Un suspiro escapó
de su boca, pero no de pesadez, sino de autorreproche. Debió pensar en ello
antes. Bueno, cosas suceden y siempre le muerden a alguien el trasero. En esta
ocasión, al equipo de mantenimiento y decoración.
__Divisor__
Rita tuvo cuidado
con su apariencia. Su cabello había sido estilizado a la perfección; el vestido
le hacía parecer una diosa, escondiendo la bola que era su vientre en esos
momentos. El crédito ilimitado en el hotel la había sorprendido, pero se había
sentido como una princesa. Al preguntar quién había ofrecido tal obsequio, le
dejaron claro que el dueño del hotel. Eso solo significaba que le gustaba al
hermanito de Zenien, quien decía que no podría quedarse con todo. Recordó la
fría relación entre los hermanos y cómo parecía haber una barrera entre ellos.
Tal vez podría usar lo que sabía para mover al joven amo a su lado. Si tenía
cuidado con lo que decía y cómo lo decía, podría hacerles olvidar los detalles
que habían sucedido, colocándola en un lugar privilegiado al lado de ese hombre
que caminaba dominando el espacio.
Al llegar al pent-house
notó el silencio tenso entre los hermanos. Parecían haber estado discutiendo
sin ponerse de acuerdo. Uno estaba sentado en el sillón, con el rostro frío y
la mirada asesina, leyendo documentos. Por otro lado, Zenien miraba las luces
de la ciudad que se veían fabulosas por el gran ventanal. Rita intentó entender
la emoción en los rostros: frustración, enojo, coraje. Johaniel sonrió al
verla; el cambio en su rostro fue mágico. La sonrisa dulce pareció cambiar la
energía de la habitación. Zenien no cambió de expresión, pero miraba a su
hermano con duda. Ella estaba segura de que había algo más, pero sonrió
pensando en el secreto que podría cambiar su suerte para mejor.
—Señorita
Capetillo, ¿cómo fue su visita al SPA?
—Bien, Dimou. Al
bebé y a mí nos hizo bien el masaje— él asintió y, con cuidado, la llevó hasta
la mesa. Se sintió apreciada e importante para ese hombre. Le envió una sonrisa
burlona a Zenien, que apretaba los puños y tenía los ojos brillando con rabia
contenida. La emoción podía ser reconocida por cualquier mujer: celos. Qué bajo
había caído el poderoso, famoso por su frialdad, por su falta de pasión. Había
roto más de un corazón y allí estaba penando por lo que no podía tener.
Johaniel los miraba confundido. Ella le tocó la mano para aclarar las dudas que
notaba en él.
—Señor Dimou,
puedo llamarle Johaniel, usted en verdad sabe cómo tratar a una mujer—dijo,
agradeciendo que la ayudara a acomodarse en la silla. Un gesto galante que
había desaparecido en los hombres de esa generación.
—No hay problema—el
silencio continuó por unos minutos. Al ver que nadie decía nada, ella comenzó
una cháchara incesante sobre lo que hizo durante el día, lo que dijo la
doctora, el sonograma que confirmó que tenía casi cuatro meses de embarazo, las
compras de vestidos hermosos y exclusivos. Agradeció sentirse mimada mientras
él le permitía entrar a un mundo con el que solo había soñado. Johaniel no dijo
nada; comía y murmuraba monosílabos en los momentos adecuados. Zenien la miraba
con horror al pensar en los recibos que tendría que pagar al dejar el hotel.
—¿El dinero para
pagar todo eso…? —muró Zenien, buscando respuestas en el rostro de Johaniel,
que sonreía de forma cínica.
—En un par de
meses todo estará saldado dentro de nuestro acuerdo—Johaniel hizo referencia al
acuerdo de una noche al mes como forma de pago. La sonrisa en sus labios dejaba
claro que le divertía ver el rostro de Zenien cargado de emociones diversas.
Había tantas preguntas en esas miradas furtivas. Pero por lo que ahora
reconocía en su hermano, estaba luchando por controlar su deseo de ofrecer a
esa mujer una cuenta abierta en las tiendas para más compras desmedidas.
—Me alegra que te
guste el servicio. Puedes considerarlo un regalo de Zenien por el hijo que le
estás dando—. Ella miró a uno y al otro sin saber qué decir. No entendía las
miradas entre ambos.
—Gracias… Zenien,
no esperaba… bueno.
—No hay lío… me
arreglo luego con Johaniel—. El mencionado miró con duda y buscó el significado
de esas palabras, encontrándose con una mirada cargada de pasión. Se notaba que
ambos hombres recordaban la noche anterior.
—¿Está todo bien?
—esos dos hombres la dejaban cada vez más confundida. Johaniel seguía
sonriéndole… eso era bueno, ¿no? Tocó su mano para probar cómo reaccionaba.
Este acarició su mano de vuelta y luego se la soltó para ofrecerle uno de los
platos que estaban lejos de ella. Parecía que había entendido ese contacto como
una insinuación para que siguiera mimándola.
—¿Johaniel, en
qué diablos estás pensando?
—Yo, nada… ¿no
ves que casi no ha tocado un bocado de esta cena espectacular—? El tono era
burlón e inocente, lo que provocó que Rita lo mirara con ilusión mientras
Zenien sentía que la sangre le hervía de rabia.
—Zenien…
contrólate. No sucede nada malo —la mujer sonreía de forma reconciliadora,
pensando que todo sería más fácil si los hermanos tenían problemas entre ellos.
—Señor Dimou,
¿tengo que revisar el collar cada vez que salgo de la habitación?
—Solo hasta que
llegues a la villa. Allí tendrás libertad y no verás a los guardaespaldas —ella
asintió confundida, sin entender la trampa.
—Johaniel,
podrías dejar de tocarla… por favor, te lo suplico—. El dolor en la voz ahogada
de Zenien detuvo la actuación de Johaniel en un instante. Sabía que había
exagerado, acorralado por años ante lo que sentía por ese hombre. Tener que
actuar como si no hubiera sucedido nada entre ellos no le sentaba bien; era la
cereza en el pastel de esa situación ridícula. Debía reconocer que se había
sentido rechazado por el silencio de Zenien al encontrarse antes de la cena.
Había sido un golpe encontrarse con el ser helado que jugaba a no recordar la
pasión compartida.
—Johaniel… yo… no
puedo, no con ella, por favor—. Johaniel estaba de acuerdo en que ella
estuviera fuera de su cama. Lo que Zenien no entendía era que todos estaban
fuera de su cama. Ese espacio tenía su nombre desde los trece años. Pero se
negaba a compartir ese detalle con el idiota.

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