No Somos Hermanos (Libro 4 Primera Parte)
Primera parte
Todo en su lugar…
¿Verdad?
—Abuelo… —El gruñido de Johaniel mostraba que el
dragón que lo acompañaba estaba cerca de resurgir. El viejo sonrió y le hizo
señas a Kristen el asistente de su nieto, para que entregara una tablet a éste
con el reporte de las últimas semanas. Mientras, Zenien se sentó después de
saludar al abuelo y comenzó a devorar toda la comida que estaba cerca. Johaniel
resistió la carcajada: había cosas que nunca cambiaban.
Mientras Johaniel leía en silencio, los titulares en
los puntos de mayor búsqueda en internet mencionaban el restaurante, el club y
el hotel. Se habían transformado, sin que nadie pudiera explicar la razón, en
el foco de actividad. Las acusaciones iban desde haber drogado la comida,
bebida o incluso liberado gases en los conductos de aire. Al no encontrar
evidencia, las discusiones en línea más candentes habían comenzado a hablar de
conspiraciones publicitarias. Incluso se mencionaba el uso de medicamentos o
placebos para inducir estados eufóricos y de excitación. Algunos juraban que
eran drogas; otros decían no haber sentido excitación alguna, mientras que los
más atrevidos explicaban cómo las llamas perdidas en sus relaciones habían
renacido en alguna de esas habitaciones.
—¿Algo que decir, cachorro? —preguntó el abuelo.
—Nada. —Johaniel no apartó la vista de la pantalla.
—Tu nuevo hogar en la villa está listo para
recibirlos. —Lo vio asentir y fruncir el ceño. Esa conversación, que rayaba en
mundana, no era suficiente para sacar a ese viejo dragón de su guarida.
Johaniel cerró los ojos y se unió con ese ser que le había acompañado. Había
una energía relegada… travesuras… Abrió los ojos, le entregó el equipo a
Kristen y miró directamente al viejo que sonreía de forma dulce.
—Ahora dime la razón real de tu visita —exigió
Johaniel.
—Tu boda… —Zenien comenzó a toser, ahogado por el
bocado de comida que, con el susto, pareció querer entrarle a los
pulmones.
—No es una boda… —susurró Johaniel a Zenien, que
asintió en silencio, pero parecía… desilusionado.
—Bueno, podemos llamarla así. Sus padres están al
tanto de la ceremonia y de su relación. —Ambos jóvenes abrieron los ojos,
asustados, y antes de que pudieran decir algo más, el abuelo levantó la mano,
deteniendo la discusión—. No pongan esa cara… el muerto no le pertenece más que
a ustedes. Llevan dos semanas y media encerrados en esa habitación. ¿Qué
explicación era buena para sus padres aparte de la verdad? Más aún… ¿Los
invitaba a interrumpir la acción en pleno hotel cuando las energías estaban
provocando tanto caos? ¿Puedes imaginar el resultado?
—Maldición, abuelo… estoy seguro de que hablaste con ellos desde el día uno de todo esto solo por disfrutar del caos— reclamó Johaniel.
—Cierto… pero no quería que se preocuparan.
—Ajá, ya voy y me lo creo… la cara de susto de
nuestros padres no fue una ganancia extra —intervino Zenien, preguntándose si
estaba a punto de irse a los golpes o solo tratando de dejar claro lo bien que
se conocían.
—Ok, no niego que el susto de ambos y la preocupación
futura estuvo deliciosa. Ya no estoy para emociones fuertes.
Algo chocó con fuerza en la cocina, donde Kristen
seguía esperando instrucciones. Zenien y Johaniel miraron en esa dirección
mientras el abuelo sonreía como el gato que había devorado al canario. Kristen
asintió a modo de disculpa, pero desvió la mirada. Johaniel decidió que luego
tendría que investigar de qué se trataba. Conociendo a ambos, las dudas estaban
presentes, pero no eran importantes ahora.
—¿Cuándo es la ceremonia? ¿Cómo está el bebé?
—preguntó Johaniel.
—Mañana en la noche, es luna llena. No debemos
demorarlo más. —Johaniel asintió, esperando más información—. Con la joven se
han seguido tus instrucciones. El collar está en la cámara de contención, en su
habitación, bajo talismanes para contener la energía. Al tenerlo a la vista no
dice nada, pero no pasa mucho tiempo lejos de él. Por otra parte, el bebé está
creciendo poco a poco, como todo ser humano. —Johaniel asintió. No quería ni
necesitaba más información. Bastaba con saber que el bebé estaba vivo y sano.
—Parece no importarte… —murmuró Zenien, con dudas en
la mirada.
—El bebé es tuyo, Zenien, eso es lo importante. Por lo
cual tendrá a su padre y los cuidados que necesita. —Las dudas le hicieron
fruncir el ceño. Parecía que Johaniel no estaría presente en la crianza del
bebé.
—Zenien, no te lo tomes personal. Los niños son
sensibles a nuestra energía. Mi presencia lo enfermaría. Es mejor mantener la
distancia —explicó Johaniel.
—Por eso los gemelos parecían incómodos de pequeños
cuando estaban cerca —dedujo Zenien.
—Sí, aunque perdieron esa sensación cuando estuve
fuera por un tiempo. La reacción natural de los infantes es rechazar a los
miembros de mi raza. —Zenien asintió sin preguntar más. No había forma de
entender todos esos detalles y no le molestaba que Johaniel fuera diferente.
Gracias a esas diferencias era solo suyo.
Escuchó un gruñido que provocó que la sangre se
moviera con rapidez a esos rincones privados. En cuestión de segundos estaba
luchando por acomodarse mejor en el asiento, pues el pantalón le resultaba
incómodo.
—Por favor, cachorros, stop. Es mejor que muevan la
acción a la casona —interrumpió el abuelo.
Ambos asintieron ante las palabras del hombre. Se
pusieron de pie y, con prisa, salieron de la habitación evitando tocarse. El
viejo dragón no pudo evitar una carcajada cuando escuchó a Zenien preguntar qué
había pasado para salir con tanta prisa. Johaniel lo miró con sorpresa para
luego susurrarle algo en el oído que provocó que se sonrojara.
—Kristen, mejor conduce con prisa… no creo que lleguen a la montaña —ordenó el abuelo. Kristen asintió y comenzó a dirigirlos hacia el auto. Lo que sí tenía claro era que la pareja no se movería como imanes, gracias al dragón que aún le provocaba pesadillas. En los años en los que se estaba preparando para ser la mano derecha de su joven amo, tanto el viejo como como su dragón lo habían torturado con la excusa de entrenarlo. En los meses que siguieron a esos entrenamientos aprendió a estar lejos de ese hombre, con naturaleza sádica y burlona. Ahora era a él a quien había buscado para solucionar este lio. Lo que era la ironía en su vida.
Laura abrazaba a Johaniel llorando como si el mundo se
hubiera acabado. Este no entendía muy bien qué había sucedido. Todo estaba
atado a lo que el abuelo les había mencionado. Parecía que tenía que sentarse
con ella y su padre, que parecía triste, para aclarar dudas o ideas mal
concebidas.
—¿Podrían explicar en qué están pensando? —Johaniel se
sentó con Zenien a su lado. Su vestimenta era holgada y cómoda, color blanco
brillante, con bordados dorados. Su forma hacía recordar ropas tribales
asiáticas, pero la mezcla étnica no pertenecía a un lugar en particular. Colocó
las manos de esa mujer entre las suyas, sintiendo paz en su pecho. Si no
hubiera sido por ella y su hijo, habría crecido cargando el veneno que su madre
biológica había dejado en su pecho.
—Te lastimé… tu otra forma, la del dragón… perdón si
los lastimé… —Los sollozos interrumpieron el diálogo, pero ambos entendieron a
lo que la mujer se refería.
—Mom… No tienes que preocuparte. Con tu llegada,
cuidados y amor, muchas de las heridas sanaron. Mi ser se alimenta de emociones
que algunos clasifican como negativas: la codicia, malicia, odio, entre otras…
emociones humanas que están en todos, pero que algunos seres humanos, por las
experiencias vividas, pueden desarrollar a niveles peligrosos para el balance
natural de nuestro mundo. Es por esa razón por la que yo siempre he tenido que
salir a saciar esa parte de mi ser fuera —Johaniel dejó escapar una carcajada
amarga. Acarició con cariño el rostro de la mujer—. Te podrás imaginar que el
hogar que creaste dio espacio… —Johaniel miró a su padre, que en silencio
asintió—. Ofreciste espacio a un pequeño monstruo que había sobrevivido a
maltratos constantes y negligencia. Mi padre había estado obsesionado con
ofrecer a mi madre la vida de princesa que había tenido, lo que en consecuencia
provocaba su ausencia en el hogar. Mi madre, que estaba obsesionada con él
—Johaniel señaló a su padre con una sonrisa amarga en los labios—, al no
tenerlo al lado, perdió el balance precario con el que vivía… Debes entender
que negar lo que somos destruye nuestra conciencia humana. En ese proceso buscó
salida para esas emociones. Yo no podía protegerme, lo que me convirtió en la
víctima perfecta. Nunca estuve lejos del monstruo que devoraba a mi madre. A su
vez, esas emociones negativas abrieron la puerta al desarrollo interior de mi
ser, al que hasta hace poco reconocí como un demonio.
—No eres un demonio… no lo es, te ayudo a sobrevivir
en la oscuridad. No lo es. —Laura lo interrumpió.
Johaniel suspiró, recordando esos años. El frío que
sintió al entender que su madre estaba intentando matarlo. La ausencia de dolor
al verla autodestruirse al luchar contra ese ser que había despertado en su
hijo de tres años. Lo había condenado a un infierno, capaz de ver la maldad y
malicia en aquellos que le rodeaban desde una edad temprana. No había inocencia
en un niño que aprendió que el odio y la codicia, junto a otras emociones
existían explotando las debilidades de unos u otros. Con el tiempo lo llegaron
a sumir en el más absoluto desprecio a la vida humana.
—Madre… hay mujeres que no saben cuidar y proteger la
vida de sus vientres, son niños que traen al mundo a sufrir. Tú, desde el
primer día, mostraste ser otro tipo de mujer. Tenías miedo, incluso sé que mis
silencios te aterrorizaban, pero era por autocrítica, buscando qué habías hecho
para alejarme. Incluso tus cachorros, al final, aceptaron esa otra parte de mi
ser, convirtiéndose en un refugio en medio de mi tormenta. —Johaniel miró a su
padre… sabía que la emoción que lo embargaba era la vergüenza por haber fallado
al niño de tres años.
—Hijo, yo… —comenzó su padre.
—Lo sé, pa. Tú me diste la libertad para ser y hacer
lo que necesitaba, aun sin entender. El abuelo entendía y educaba; tú
aceptabas, apoyando mis decisiones. Desde los tres años, cuando supiste del
maltrato, dejaste de tener un bebé: tenías un psicópata en formación.
—¡Johaniel, no digas eso! —exclamó su padre.
—Pa… no voy a negar lo que soy. Fue Mom y Zenien los
que lograron detener la construcción de un ser que hubiera sido un monstruo
cargado de rabia y con el poder de destruir todo lo que nos rodea… nunca duden
de lo que en mí crece. La capacidad de destruir todo es peor que el de mi
madre, la diferencia Zenien de norte y mama Laura creando un hogar. Gracias por
acetarme como soy… sé que no fue fácil sin entender. —Johaniel sabía lo que
era. En ese momento no había desprecio por su ser… lo entendía y aceptaba… pero
no se engañaba. Las emociones bonitas no eran naturales, eran autoeducadas, una
forma de ser funcional en su grupo familiar. Si observamos con cuidado, su raza
era necesaria en el balance de energías en el mundo, pero a su vez, la
debilidad que todos debían tener. Era un ancla en la realidad, era un arma de
doble filo; la obsesión que los mantiene cuerdos podría destruirlos. Miró a su
padre y sonrió—. No sabes lo mucho que mi vida cambió por verte comportarte
como un adolescente apasionado.
—¡JOHANIEL! —El grito de su madre rompió con el
ambiente solemne que les rodeaba. El mencionado no pudo evitar la risita
traviesa al sentir el pequeño golpe en el brazo. Johaniel la abrazó y sintió
cómo la voz interior que había estado en guerra desde que despertó, ronroneó
murmurando “mi familia”.
—¿El abuelo les explicó el cambio? —preguntó
Johaniel.


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